HISTORIA y DEVOCIÓN: ¿Cómo se libró de la Guerra Civil el Medinaceli de las Agustinas?

La cabeza de la Sagrada Imagen se ocultó en el barrio de San Juan Bautista

Antonio Martínez Gálvez

Corría el año 1953, yo tenía siete años y solía salir mucho con mi padre a pasear.  A él le gustaba dar largos paseos por la ciudad, enseñarme los rincones más escondidos y contarme historias de tiempos pasados que a mí me gustaban mucho.

“Hoy vamos a ir a un sitio al que le hago una visita todos los años. Está algo lejos, pero vale la pena. Luego te contaré la historia de lo que vamos a ver.”

Los paseos de mi padre siempre eran largos, pero a mí no me importaba, ya que a mí también me gustaba andar y además con el aliciente de descubrir una nueva historia. ¿De qué sería esta vez? Vivíamos en el número 21 de la calle Isabel la Católica del barrio de San Juan, pero andando, andando, llegamos hasta la iglesia de San Andrés, en la otra punta de la ciudad. “En esta iglesia (me dijo) se guarda la imagen de la antigua Patrona del Reino de Murcia, la Virgen de la Arrixaca. Pero no es aquí donde vamos, sino a otra iglesia que está más adelante, la iglesia de las Agustinas, que son monjas de clausura, o sea, que no salen a la calle y están en el convento que está junto a la iglesia.”

Besapié al Medinaceli © Fco Nortes

Llegamos a la iglesia y entramos. Al fondo el altar mayor, dorado, muy bonito y a la izquierda había una gran reja que decía mi padre que desde ahí las monjas oían misa.  En ese momento había una monja tras la reja y mi padre fue a saludarla.  Resulta que la monja era la superiora y conocía a mi padre, alegrándose mucho de verle.  La monja entró en la iglesia por una puerta lateral y estuvieron hablando un rato, dirigiéndose luego a un lado del altar mayor, donde había una cabeza dentro de una urna. Yo les seguía de cerca para no perder detalle. “Aquí está (dijo la monja). Le tenemos una gran devoción y algún día conseguiremos que tenga cuerpo y su propio altar. La trajo tu padre, (me dijo, mirándome) salvándola milagrosamente. Es la cabeza de un Cristo.” Nos despedimos de la monja y salimos a la calle, a la plaza que hay frente a la iglesia y desde allí, de vuelta a casa casa mi padre me fue contando la historia de esa cabeza.

Resulta que poco antes de comenzar la guerra y por toda España hubo gente que asaltaba iglesias y conventos, lo destrozaban todo y le pegaban fuego. Eso también ocurrió en Murcia, en varios sitios y también en la iglesia de las Agustinas. No pudieron entrar en la iglesia porque estaba cerrada, pero lo hicieron en el convento, sacando a la calle todo lo que encontraron, incluso los féretros de las monjas fallecidas y haciendo una pira le pegaron fuego. La noticia llegó a las autoridades y decidieron enviar una pareja de guardias civiles para salvaguardar al menos las vidas de las monjas que seguían en el convento.  Uno de los guardias era mi padre. Cuando llegaron, la hoguera se estaba extinguiendo y la turba se había dispersado tranquilamente, sin que nadie denunciara nada, por miedo a las represalias. 

Las autoridades les habían comunicado a las monjas que debían irse, cada una a su casa al siguiente día. Esa noche la pasarían en el convento, custodiadas por la pareja de guardias civiles y por la mañana debían abandonarlo. Mi madre apareció por allí con una capaza donde le llevaba a mi padre la cena para pasar la noche y se volvió para casa. Y allí se quedó mi padre, con su compañero, temiendo que volvieran otra vez los que habían destrozado el convento. Se fueron turnando toda la noche, uno dentro del convento y otro fuera, en la puerta.

Foto tomada en 1940 © Archivo Regional

Cuando le tocó a mi padre estar en la puerta, ya de noche, se acercó a la pira que habían amontonado y pegado fuego. Había de todo, además de los féretros, cuadros, imágenes, todo carbonizado. Dio una vuelta alrededor de la pira, inspeccionando y divisó que entre las cenizas había un bulto que resultó ser la cabeza de un Cristo que no había ardido. Mi padre comprobó primero que no había nadie a la vista y luego se acercó a la cabeza, la cual estaba pegada al cuerpo quemado. Realmente estaba enroscada, por lo que dándole un par de giros consiguió separarla quedándose con ella entre las manos.  Inmediatamente entró en el convento y cogiendo la capaza de la cena introdujo la cabeza en ella, tapándola con su pañuelo. Mi padre sabía que por esos días todo lo religioso corría peligro y que se destrozaban imágenes con toda impunidad, así que decidió no decir nada a nadie.

Al día siguiente, las monjas fueron evacuadas del convento. Mi padre y su compañero volvieron al cuartel y de allí cada uno a su casa. Mi padre no se separaba ni un momento de su capaza y solo respiró tranquilo cuando entró en casa. Cuando le explicó a mi madre lo que llevaba en la capaza decidieron esconderlo inmediatamente en un armario. Tiempo después comenzó la guerra y durante esos tres largos años la cabeza permaneció oculta en el fondo del armario. Durante la guerra fueron perseguidos y ejecutados los religiosos que fueron descubiertos que se encontraban en zona republicana, como Murcia, y también eran detenidos todos los que escondían objetos religiosos. 

© Fco Nortes

Mi padre, por ser guardia civil, también era mirado con desconfianza por los republicanos, de hecho su hermano Inocencio, también guardia civil, pasó la guerra detenido en la iglesia de San Juan Bautista, que acondicionaron como cárcel. La guerra fue un sin vivir en mi casa, día tras día, esperando en cualquier momento un registro o una detención sin más, solo por caerle mal a alguien. Todo el mundo era sospechoso y mi padre más, por ser guardia civil.

Por fin, terminó la guerra. Cuando todo fue volviendo a la normalidad las autoridades pidieron que fueran entregando las imágenes y objetos religiosos que los vecinos habían escondido durante el conflicto.  Mi padre cogió la cabeza del Cristo y la entregó al Servicio de Incautación, informando de su procedencia para que se la devolvieran a las monjas Agustinas.  Desde entonces, la cabeza del Cristo quedó expuesta y protegida por una urna de cristal, a un lado del altar mayor, esperando poder tener algún día su propio altar.

Pasadas tres décadas, ya fue en los primeros años 70 del siglo XX cuando quienes ostentaban el título de Duques de Medinaceli, se hicieron cargo del coste de la recomposición de la imagen, para ello la cabeza fue enviada al taller del escultor D. José Lozano Roca quien le hizo manos, pies y estructura con devanaderas, consiguiendo una imagen de vestir, a imagen y semejanza del Cristo de Medinaceli de Madrid, o como la del Cristo del Rescate de la iglesia de San Juan Bautista de Murcia. Se le puso túnica, corona y peluca y desde entonces, como es tradicional, se celebra el besapié de la imagen el primer viernes de marzo.

El nombre de Jesús de Medinaceli le viene de ahí, de esta familia que puso la aportación económica para dejarlo tal como lo conocemos, que es muy de agradecer, pero ya nadie se acuerda de la historia anterior, de cuando esa cabeza estaba expuesta sola, en la iglesia de las Agustinas y, menos aún, del porqué se conservaba la cabeza del Cristo, ni del valeroso Guardia Civil que consiguió salvarla, mi padre, Antonio Martínez Sáez. Él no tenía ningún título nobiliario, no le hacía falta y en el barrio de San Juan todos le conocían por “el Señor Antonio”.


Programa especial dedicado a los besapies del primer viernes de marzo, entre los que se incluye el Medinaceli de las Agustinas (Murcia)


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